Oct
07
2009

Leyenda: La Piedra del Zope (Panajachel)

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Sencilla y coquetona lucía la casita que con enormes sacrificios, había construido Sebastián, en las márgenes del río Panajachel.  Vista de lejos, semejaba un cascarón de carnaval, tal la variedad de colores con que el muchacho la había pintado.

Gran numero de tiestos y latas pendían en el corredor, con flores de diferentes matices, que embellecián de sobremanera la casita, acusando la presencia de manos femeninas en el hogar y para que nada faltara, en una jaula de bambú, dejaba oír su canto, una paloma cantora y una cachajina.

Si por fuera la casita de Sebastián tenía un aspecto encantador, en su interior ocurría lo contrario, todo era completamente diferente.

Allí un cuadro de dolor y angustia se hacía patente y las largas noches de vigilia, habían dejado ya, hondas huellas de tormento, en los pálidos rostros de las tres personas que en la casa residián.

Sebastián joven jornalero, que reunía en su persona todas las características de los antiguos mayas, yacía ahora postrado en un rustico tapesco, víctima de la locura, enfermedad que le había sobrevenido a consecuencia de un golpe recibido cuando accidentalmente cayó del techo de su casita, cuando daba los últimos martillazos para terminarla.

La imagen de San Francisco esculpida por Sebastián, un incensario de barro, embalsamaba el ambiente con el olor del pom y estoraque, una candela de cebo colocada frente al santo, alumbraba la habitación con su luz titilante.

Las horas pasaban lentamente y el silencio que en la habitación reinaba solo era interrumpido de vez en cuando por el lúgubre canto de un tecolote, que posado en la rama más alta de un guayabal cercano a la casa, parecía solazarse en hacerles más amargo el momento a las infelices mujeres, principalmente a la anciana, que era la que más creía en los malos presagios del feo animal.  Con ojos dilatados por la angustia y el espanto y dirigiéndose a su nuera exclamó:

-¡Otra vez ese maldito tucur…!

-¡Agarrálo Malena y le retorcés el pescuezo!

-¡Si no se puede nana!- exclamó la muchacha y tratando de tranquilizar a su suegra, prosiguió:

-¡Dejálo estar nana, dejálo que cante…! Ya va a venir al zahorín, a curar a Sebastián, con ña manteca de mazacuata y en cuanto  él esté bueno… entonces le arrancamos la lengua a ese maldito “tucur”

En ese momento apareció en el umbral de la puerta, un viejecillo que se apoyaba en un bastón, cuyo mango semejaba la cabeza de un tecolote… era el anciano zahorín que llegaba a curar al muchacho. Mientras tanto llovia muy fuerte.

-¡Al fin llegaste tata…! Exclamó la anciana.

-¡Si  nana, es que se me atravesaron algunos pendientes y el aguacero esta muy “juerte”, voy a untar su manteca de mazacuata al muchacho, y me regreso luego porque el río está muy “juerte” y me puede arrastrar.

En ese momento y a pesar del ruido producido por la lluvia, nuevamente se escuchó el canto  del tecolote y el viejo zahorín, con una rara expresión en el rostro, exclamó:

-¡Ya te encontré mal espíritu… ya sé que vos sos el que estás fregando a este pobre muchacho… pero esperate un poco… ahorita me las vas a pagar!.  Hablando y haciendo, el anciano tomó el incensario y arrojando en el unas hojas que extrajo de su morral, se dirigió al guayabal donde cantaba el tecolote, empezó a dar vueltas alrededor del árbol… mientras pronunciaba palabras inintelegibles y procuraba que el humo llegara hasta donde el animal se encontraba.

El efecto que el humo de las misteriosas hojas produjo en el animal, fue tan rápido que inmediatamente dejo de cantar y desprendiéndose de las ramas donde se encontraba, cayó  al suelo muerto y mudo para siempre.  El anciano dando un grito de triunfo, recogió al animal y entrando presuroso a la casa, lo arrojó a los pies de la anciana y exclamó:

-Aquí está nana, aquí está el mal agüero, sacale la sangre y se la das al muchacho, para que la beba… ¡Y ya me vas a contar!

Terminada la faena de curar al muchacho, el anciano se dispuso a regresar a su casa y para despedirse, les dijo a las dos mujeres: -¡Ya maté al tucur, ya le unté su manteca de mazacuata… ahora solo falta darle su caldo de huevos de zopilote, mañana mismo se lo dan, por almuerzo y comida, con hojas de ruda y cáscara de palo jiote…

Las dos mujeres se miraron asombradas y la muchacha, dirigiéndose al zahorín, le preguntó: -¿Y en donde encontraremos huevos de zopilote tata…? A lo que el anciano con aire de autoridad respondió: -Esos huevos los encuentran, allá en la cueva que está debajo de la Piedra del Zope, en el camino que va a Xetulul… allí duermen los zopilotes y allí las hembras ponen sus huevos.

Lo nublado del nuevo día descorazonó a las dos mujeres, pues el temporal arreciaba, ya entrada la noche emprendieron el camino hacia la piedra del Zope; pero antes de partir, colocaron sobre la cabeza del enfermo a la imagen de San Francisco, para que lo cuidara mientras ellas no estaban.

Al fin llegaron cuando ya la noche cubría con sus sombras el desolado lugar y bajo torrenciales aguaceros que caían en medio de relámpagos y truenos. Después de recoger una buena provisión de huevos de zopilote, se disponían a volver, sin saber que un enorme derrumbe les había cerrado el paso y no les quedaba más que pasar la noche en ese solitario lugar.

Ya para entonces el río llenaba todo su ancho cauce con un ruido ensordecedor y de vez en cuando se oía el chillido de algún pichón de zopilote que asustado alargaba se desgarbado pescuezo para ver a las atormentadas mujeres.  Ya para la madrugada,  Magdalena empezó a sentir los dolores de parto y exclamó: -¡Ay nana… ya va a nacer tu Francisco! La afligida anciana no sabia que hacer y abrazando fuertemente a la muchacha le suplicaba:

-¡Aguantá mija…aguantá un poco… ya va a amanecer y nos vamos para la casa!  Mas todo fue en vano y el llanto de un recién nacido llenó las cavidades de la cueva…  El hijo de Sebastián y Magdalena había venido al mundo bajo La Piedra del Zope.

La aurora permitió que las dos mujeres pudieran ver el valle desde las alturas en que se encontraban, como la creciente del rió arrastraba todo lo que se encontraba a su paso, Panajachel hervía espumaba y rugía, en sus márgenes lo perros aullaban de miedo, hombres y mujeres, como pequeñas hormigas iban y venían en busca de un lugar seguro, esperando que el temporal pasara.

Al fin dejo de llover, bajo el rio poco a poco, alumbrando débilmente el sol así fue que las mujeres emprendieron su camino, rezando pensando que Sabastián había sido arrastrado por el rio, pero su sorpresa fue que el río solo se llevo parte de la casa, y Sebastián se encontraba en su tapesco con la cara ensangrentada profundamente dormido, sin la menor señal de locura abrazando fuertemente la imagen sentado junto a el se encontraba el zahorín, que con tanta delicadeza limpiaba el rostro.

-¡Tata por Dios… si ya esta bueno el Sebastián! Dijo la anciano.  –Si nana, dijo el anciano…San Francisco lo curó, la correntada sacudió la casa… tembló… el Santo cayó sobre la cabeza y al golpearlo le sacó la sangre que lo tenía loco… ahora ya está bueno.  En ese instante Sebastián abrió los ojos y asombrado de ver a su madre y su mujer, murmuró: -Ya dormí mucho nana… y soñé que había nacido mi Francisco… pero no aquí … sino en la Piedra del Zope.

Magdalena bañada en lágrimas y acariciando la cabeza de Sebastián, le respondió con la dulzura que era capaz: -Tata… ya nació tu Francisco, me llevó para allá, para que no se lo llevara el río, mientras el se quedaba aquí cuidándote, para sacar el mal de tu cabeza.

En honor a la imagen de San Francisco, Sebastián había decidió ponerle Francisco a su primogénito desde ya varios meses atrás.

Escritor: Enrique Villar Ramirez.

Fuente: Historias de Panajachel.

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